Abrió los ojos y se encontró con las nubes moviéndose más rápido que lo normal y en forma circular en el firmamento. Esta vez las olas fueron su despertador, igualmente tardío. Su trusa fue reemplazada por la arena, que también había invadido su cuerpo como cuando se revuelca y enreda en las sábanas de su cama. Finalmente ubicó su carpa y vanamente recordó que en ella comenzó todo.
Ronny había empezado a aprovechar fechas especiales y feriados para alejarse de la rutina, del mundo que a veces lo hartaba a sus 22 años. Cuando se sentía en confianza era curioso, bailarín, dicharachero, le gustaba intercambiar experiencias y anécdotas. Pero al mismo tiempo le gustaba tener momentos de soledad en los que se ponía nostálgico, pensativo e intentaba proyectar su futuro. Nunca fue un santo; pero tampoco un rebelde sin causa.
El 31 de diciembre había decidido acampar solo en Cerro Azul para despedir la noche vieja y darle la bienvenida a un nuevo año. Llegó muy temprano, porque sabía que el romance entre el mar y él se acabaría rápido con la llegada de más campistas. También sabía que no había ido tan solo a despejarse solitariamente, sino a ver qué pasaba estando ahí.
Cuando fue a pedir fuego para su cigarrillo a una carpa cercana, le respondió una voz gustosa de brindar ayuda, palabras amables salían de esos labios que notó cálidos y tentadores. No tardó mucho para encontrar una nueva excusa para volver a aquella carpa y no tuvo que hallar más, porque Laly fue la que se acercó a la suya para ver si tenía un sacacorchos. Ese fue el inicio de una conversación que continuó hasta que dieron las 12 y que luego compartió con los amigos de ella entre una calurosa fogata, tragos, música, risas, “botellas borrachas”, miradas con Laly, más tragos, bromas, abrazos con Laly, más risas y más confianza con Laly.
A Ronny y Laly les gustaba la letra con la que terminaba sus nombres, sobre todo cuando iba entre signos de interrogación. Decidieron ir a caminar por la orilla del mar, a conversar y cantar, y se dieron cuenta de que tenían muchas cosas en común. Cuando notaron que estaban algo alejados de las carpas se sentaron a descansar. Siguieron conversando, riéndose, cantando y, de pronto, se acercaron para besarse. Ese beso fue el comienzo de una aventura corta, pero muy intensa y placentera, a pesar de la arena. El viento se contagió del calor que ambos irradiaban.
Al hallar su carpa ya de mañana y después de aquel encuentro, Ronny se dio cuenta de que no estaba la de Laly. Entró y se recostó intentando recordar cómo había terminado todo, que había pasado, pero no pudo. Solo atinó a sonreír, porque “Ronny” era un nombre que no le gustaba; pero sabía que algo rápido había que decir. Y estaba seguro de que “Laly” tampoco era una muy buena elección e igualmente pensó que esa chica tenía que pensar en algo rápido.
Recogió sus cosas y se despidió de la playa. En el taxi de regreso a casa, sacó uno de sus libros favoritos. Aquel que decía que las personas siempre tienen que actuar en base a su conciencia, que las travesuras, o “pecadillos inocentes” como él decía, deberían de ser cometidas por seres que se considerasen y que sean reconocidos como maduros, capaces de determinar los beneficios y perjuicios, las amenazas y oportunidades de una situación, que sepan decir no, aunque no lo parezca; pero que también accedan a dar un sí cuando convenga.
En el camino, recordó también las travesuras buenas y malas del año que se había acabado y pensó en las que podrían venir en el que empezaba. Sus “pecadillos inocentes” no solo tenían que ver con encuentros placenteros. Disfrutaba del aire que entraba por la ventana mientras pensaba en las coincidencias encontradas en esa persona con la que recibió un año que esperaba sea especial.
Cerca de su casa, decidió bajarse para tomar un café y sentarse en la banca de un parque. Le pagó al taxista y le deseó un feliz año. Ya sentado se acordó cuando vio el libro que acaba de leer en la mochila de aquella chica, al entrar a su carpa, y sobre el cual no hizo comentario alguno. Recordó además cuando ella dijo una frase del autor de esa lectura mientras caminaban por la orilla del mar.
Se paro y echó a andar sonriendo durante gran parte del camino. Supo entonces que “Laly” nunca fue una santa; pero tampoco una rebelde sin causa.



¿Y cómo se llama tu blog?
Por: Pecadorcillo el febrero 14, 2010
a las 11:05 pm
hola que tal! permítame felicitarlo por su excelente blog, me encantaría tenerlo en mi blog de animes y peliculas .Estoy seguro que su blog sería de mucho interés para mis visitantes !.Si puede sírvase a contactarme ariadna143@gmail.com
saludos
Por: ariadna el enero 22, 2010
a las 6:58 pm